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jueves, 5 de noviembre de 2026

La honradez frente al poder y sus trampas.


EL CAJÓN ABIERTO

La honradez frente al poder y sus trampas.

Cuando está abierto el cajón
y cualquiera mete mano,
el que pretende ser sano
pierde hasta la discusión.
Se premia la corrupción,
se castiga la decencia,
se disfraza la indecencia
con discursos de virtud,
y hasta pierde la actitud
quien escucha su conciencia.

Si juegas limpio en la vida
entre tahúres marcados,
con los naipes preparados
y la suerte repartida,
tendrás la apuesta perdida
antes de poder jugar;
pues quien nació para engañar
no respeta al adversario,
y convierte el escenario
en un mercado que comprar.

Pero hay una reflexión
que resulta todavía
más amarga cada día
para cualquier nación:
cuando toda institución
se convierte en un botín,
cuando el poder es el fin
y la verdad un estorbo,
la democracia es adorno
de un banquete sin confín.

En esta España querida,
de promesas y elecciones,
se pronuncian mil sermones
sobre una patria compartida.
Mas la palabra ofrecida,
cuando se alcanza el sillón,
puede perder su valor;
y aquel contrato electoral
se convierte en un papel
que se rompe sin pudor.

Se promete lo imposible,
se condena lo pactado,
y después, una vez logrado
ese poder irresistible,
lo que era inadmisible
se transforma en necesario.
Se cambia el vocabulario,
se justifica el viraje,
y se vende como coraje
lo que fue todo lo contrario.

Hay quien conquista el poder
con una promesa escrita
y después la necesita
olvidar para vencer.
Y el pueblo tiene que ver
cómo cambia la verdad:
lo que ayer fue indignidad
hoy se llama compromiso,
y se presenta el permiso
como gran necesidad.

Y comienza la conquista
de los puestos decisivos,
con nombramientos cautivos
de una estrategia prevista.
Lo que exige mano limpia
se convierte en posesión;
se confunde institución
con propiedad del partido,
y el control queda sometido
a la misma dirección.

No hace falta un dictador
que clausure el Parlamento,
si se vacía su fundamento
y se domestica al controlador.
Puede mantenerse el color
de una democracia formal,
mientras se vuelve normal
que quien debe vigilar
termine por justificar
al poder gubernamental.

Y el que se niega a mentir,
el que no compra favores,
el que rechaza honores
a cambio de consentir,
puede acabar por sufrir
la derrota más amarga:
ver cómo la trampa larga
da ventaja al impostor,
mientras pierde su valor
la honradez que el alma guarda.

Y el cajón sigue entreabierto
para amigos y allegados,
para fieles colocados
al amparo del concierto.
No importa tanto el acierto,
la experiencia o la capacidad;
cuando manda la lealtad
por encima del talento,
se deteriora el cimiento
de toda la sociedad.

Se reparten las prebendas,
las asesorías y cargos,
y se vuelven años largos
los caminos de las enmiendas.
Entre favores y componendas
se va tejiendo una red
donde el mérito no se ve
y el ciudadano comprende
que muchas veces depende
de quien reparte el pastel.

Pero el mal no tiene dueño,
ni una sigla lo monopoliza;
la corrupción echa ceniza
sobre cualquier noble empeño.
Sea grande o sea pequeño,
sea de izquierda o derecha,
la misma herida está hecha
si se utiliza el poder
para favorecer
al que se arrima y aprovecha.

No es honrado por su color
ni corrupto por su bandera;
la decencia verdadera
se demuestra en el honor.
No basta proclamarse mejor
ni señalar al contrario:
quien administra el erario
debe rendir cada cuenta
y responder por la afrenta
sin refugio partidario.

Y mientras tanto, el honrado
que paga sus obligaciones,
que cumple las condiciones
y respeta lo acordado,
contempla desconcertado
cómo el pícaro prospera;
cómo quien más vocifera
se presenta como justo,
mientras el hombre de gusto
por la verdad desespera.

¿De qué sirve una elección
si el programa no compromete,
si quien promete se permite
incumplir sin explicación?
¿Dónde queda la obligación
de respetar lo ofrecido?
¿Y qué valor ha tenido
el sufragio ciudadano
si se entrega un cheque en blanco
para hacer lo no consentido?

No puede ser democracia
solamente echar la papeleta,
si después ninguna meta
obliga a guardar la gracia
de la voluntad que se sacia
en un contrato electoral.
La legitimidad formal
no debe ser un salvoconducto
para convertir en producto
la confianza popular.

Si el programa es un contrato,
que se cumpla lo firmado;
y si algo no fue anunciado,
que se consulte el mandato.
Que no valga el aparato
para imponer la decisión;
que se explique la razón,
que haya debate sincero
y que prevalezca primero
la voluntad de la nación.

Que el juez conserve su toga,
que el fiscal no tenga amo,
que el control atienda al reclamo
sin la presión que lo ahoga.
Que ninguna voz se ahoga
por denunciar al poderoso;
que el cargo sea escrupuloso,
que las cuentas sean claras,
y que no existan dos varas
para el humilde y el famoso.

Porque el daño más profundo
no está solo en lo robado,
sino en haber acostumbrado
a la trampa a todo el mundo.
Es convertir en fecundo
el engaño repetido,
hacer del abuso admitido
una forma de gobernar,
hasta conseguir callar
al ciudadano ofendido.

Y llega entonces el día
en que el honrado se cansa,
en que la confianza no alcanza
y la esperanza se enfría.
La mentira, que antes dolía,
se convierte en costumbre;
y entre tanta incertidumbre
el pueblo deja de creer,
porque empieza a comprender
que la trampa llega a la cumbre.

Mas yo no quiero aceptar
que el destino esté escrito,
ni que el pícaro y su delito
tengan siempre que triunfar.
No debemos renunciar
a exigir una nación
donde la Constitución
sea límite y garantía,
y no simple cortesía
ante cualquier ambición.

Que pierda el que haya mentido,
no quien mantuvo su palabra;
que se cierre toda cabra
por donde el fraude ha salido.
Que el cargo sea concebido
como servicio temporal;
que la justicia sea igual
para quien manda y obedece,
y que nadie se engrandece
por encima del bien general.

Y si el cajón permanece
abierto para el tramposo,
que no sea el hombre honroso
quien por honrado empobrece.
Que la ley jamás favorece
al que más sabe engañar;
que se pueda demostrar
que no es inútil ser decente,
y que al final sea la gente
quien tenga el poder de cerrar.

Porque una patria no muere
cuando pierde una elección,
sino cuando la corrupción
se acepta y ya no nos hiere.
Cuando el ciudadano prefiere
mirar hacia otro lugar,
cuando deja de reclamar
la verdad de lo prometido,
entonces habrá perdido
lo que debía conservar.

Y esta es la amarga sentencia:

Que no sea la honradez
la que pague por la trampa,
ni quien la mentira estampa
se disfrace de juez.
Que no triunfe la doblez
ni gobierne la ambición;
porque si pierde el honrado
y el corrupto es coronado,
no ha perdido una elección:
¡ha perdido la nación!

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