EL VOTO NO ES UN CHEQUE EN BLANCO.
No quiero un amo que mande,
ni un salvador que me mienta,
ni un poder que se engrandezca
mientras mi voz se silencia.
Quiero una patria de hombres
con la conciencia despierta,
donde gobernar no sea
el privilegio de una élite,
sino el deber de servir
a quien libremente elige.
Porque el pueblo no es un rebaño
que se conduce a las urnas,
ni una multitud sin rostro
que después del voto se esfuma.
Cada papeleta encierra
una esperanza y un destino,
la confianza de unos padres,
el futuro de unos hijos,
la dignidad de quien cree
en el valor de lo prometido.
No basta pedir el voto,
ni pronunciar bellas frases,
ni levantar las banderas
que el viento electoral deshace.
Quien solicita confianza
debe entregar compromisos,
poner verdad en sus palabras,
claridad en sus principios,
porque el poder que se alcanza
no es un derecho adquirido.
El programa es un contrato,
no una lista de deseos,
no un papel que se abandona
cuando termina el recuento.
Es la palabra entregada,
es un compromiso serio,
es el pacto entre dos partes,
es la razón de mi voto,
y traicionarlo después
es despreciar al electorado.
Yo no te entregué mi voto
para que hicieras lo contrario,
ni para que mis principios
fueran moneda de cambio.
No te elegí para imponerme
lo que jamás anunciaste,
ni para que al día siguiente
de aquello que proclamaste
renegaras sin pudor
de las promesas que firmaste.
Si me dijiste que nunca
harías aquello que hiciste,
si negaste una medida
y después la convertiste
en el centro de tu gobierno,
sin preguntar mi opinión,
no me hables de democracia
como simple explicación:
ganar unas elecciones
no absuelve de la traición.
Porque el voto tiene límites,
aunque otorgue una mayoría,
y no convierte en legítima
cualquier decisión política.
Un pueblo elige un programa,
una manera de actuar,
unas propuestas concretas,
unos principios que guardar;
no entrega su conciencia
para que otro pueda mandar.
Si surge una nueva propuesta
que el programa no contemplaba,
si cambia profundamente
lo que al pueblo se anunciaba,
que se consulte al ciudadano,
que se escuche su respuesta,
que no se esconda el Gobierno
detrás de una puerta cerrada,
porque una mayoría electoral
no es una licencia ilimitada.
Y si la urgencia reclama
una decisión inmediata,
si una circunstancia grave
no permite la demora,
que se exija un amplio acuerdo,
dos tercios de voluntades,
para que nadie aproveche
los apuros nacionales
y convierta una emergencia
en ocasión de arbitrariedades.
Que gobierne quien gobierne,
que las leyes nos amparen,
que no existan privilegios
para quienes las redacten.
Que el político responda
como responde el ciudadano,
que su cargo no le otorgue
un derecho extraordinario,
ni le permita escapar
del rigor de los tribunales.
Si un trabajador engaña,
si un empresario defrauda,
si un ciudadano quebranta
el compromiso que pacta,
hay consecuencias legales,
hay deberes que se exigen.
¿Por qué quien gobierna a todos
habría de quedar libre
si deliberadamente engaña
a quienes le dieron origen?
La mentira premeditada
no debiera salir gratis,
cuando altera la confianza
con que un pueblo elige a alguien.
Si se demuestra el engaño,
si hubo perjuicio causado,
que responda ante la ley,
con proceso justo y probado,
con inhabilitación cuando proceda
y reparación del daño.
No castiguemos los errores
de quien actuó honradamente,
ni confundamos los cambios
con engañar conscientemente.
Pero quien alcanza el mando
ocultando sus intenciones,
quien se sirve de una mentira
para ganar elecciones,
ha quebrado lo más sagrado:
la confianza de millones.
Y que nadie me prometa
igualdad quitando derechos,
ni justicia que precise
ser dueña de mis esfuerzos.
Que no convierta el Estado
su protección en cadenas,
ni decida por mi vida
lo que mi razón no aprueba,
porque no hay justicia digna
si la libertad se entrega.
La propiedad que he ganado,
la casa que he levantado,
el fruto de tantos años
de sacrificio y trabajo,
no son meras concesiones
que el poder pueda otorgarme.
Son parte de mi autonomía,
de mi derecho a realizarme,
de la libertad de vivir
sin que otro deba tutelarme.
Pero tampoco consiento
que la riqueza atropelle,
que la miseria condene
o que el poderoso reine.
Quiero un Estado que ayude
al que no puede valerse,
que proteja al más humilde,
que a nadie por pobre desprecie,
sin apagar la iniciativa
de aquel que trabaja y emprende.
No me importa tanto el nombre
con que se vista una idea:
socialismo o liberalismo,
derecha, centro o izquierda.
Me importa que quien gobierne
no convierta su doctrina
en una verdad absoluta
que se imponga sobre mi vida,
porque ninguna ideología
vale más que una persona libre.
Que la libertad no sea
un discurso de campaña,
ni una palabra solemne
que el poder luego traiciona.
Que sea el derecho a pensar,
a disentir y expresarse,
a conservar lo legítimo,
a trabajar y prosperar,
sin que el Estado pretenda
de nuestra conciencia adueñarse.
Y cuando las urnas hablen,
que nadie olvide aquel día:
el poder cambia de manos,
pero no la soberanía.
El pueblo sigue siendo dueño
de su voluntad y destino;
el gobernante es un servidor,
no un señor de sus caminos,
y la autoridad que recibe
no le convierte en elegido divino.
No quiero patrias partidas
por rencores heredados,
ni españoles enfrentados
para conservar un cargo.
Quiero acuerdos que perduren
por encima de los partidos,
sobre justicia y enseñanza,
sobre pensiones y servicios,
para que el bien de la nación
no dependa de los comicios.
Que se discutan las ideas,
que se confronten programas,
que cada partido defienda
lo que su conciencia proclama.
Pero que existan principios
que ninguna lucha destruya,
que los pactos de Estado duren
aunque el Gobierno concluya,
porque España pertenece a todos,
no a quien temporalmente la gobierna.
Yo quiero votar sabiendo
lo que mi voto autoriza,
sin descubrir al día siguiente
una voluntad distinta.
Quiero elegir libremente,
sin engaños ni disfraces,
sin que me vendan certezas
que luego desaparecen,
porque el voto de un hombre honrado
merece que se respete.
Que no me llamen ingenuo
por exigir lo prometido,
ni me acusen de intolerante
por reclamar lo convenido.
Yo no pido que un Gobierno
sea infalible en sus decisiones;
le pido que sea sincero,
que explique sus rectificaciones,
y que no compre con mentiras
el resultado de las elecciones.
Porque la democracia muere
no solamente entre fusiles,
también cuando las palabras
se convierten en disfraces,
cuando se engaña al votante,
cuando la verdad se vende,
cuando el poder se acostumbra
a que nadie le responda,
y cuando el pueblo resignado
ya ni siquiera se asombra.
Pero llegará aquel día
en que la palabra valga,
en que un programa se cumpla
y la mentira no se ampare.
En que el político comprenda
que no es dueño de los votos,
que estos contienen condiciones
y compromisos concretos,
y que gobernar significa
respetar lo convenido.
Y entonces será más libre
la patria que tanto quiero,
porque tendrá gobernantes
sometidos a sus electores.
No habrá promesas sin cuentas,
ni privilegios sin freno,
ni doctrinas que pretendan
ser las dueñas de los pueblos,
sino hombres libres e iguales
ante la justicia y el derecho.
Que nunca olvide el político,
cuando alcance la victoria,
que el voto no le hace dueño
de nuestra vida y nuestra historia.
Que no le dimos un cheque
para actuar sin condiciones,
sino un mandato concreto,
nacido de sus promesas,
que debe cumplir con honor
o explicar sus rectificaciones.
Y si para conquistar el poder
tuvo que engañar al pueblo,
que no se esconda después
tras el resultado del recuento.
Porque una victoria conseguida
traicionando la palabra dada
puede ser legal en las urnas,
pero queda moralmente manchada.
Y no hay poder más indigno
que aquel que nace de una confianza defraudada.
Quiero una España de hombres libres,
donde la justicia no imponga cadenas,
donde la propiedad se respete,
donde la ley no conceda prebendas,
donde el poder tenga límites
y la verdad no se venda.
Porque el pueblo amos no vota,
ni concede coronas eternas:
elige a quienes han prometido servirle
y les exige que cumplan su palabra.
Y que se grabe para siempre
en la conciencia de quien gobierna:
EL VOTO ES UN CONTRATO CON EL ELECTOR,
NO UNA ESCRITURA DE PROPIEDAD
SOBRE SU VOLUNTAD Y SU CONCIENCIA.