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domingo, 7 de junio de 2026

Confesion de P.S. el dia de San Pedro y San Pablo

 

Última Confesión.

29 de junio de 2026 día de San Pedro y San Pablo
P.S., Autócrata y Señor de la Moncloa Perpetua.

Queridos fieles, creyentes, militantes, asesores, alcaldes, concejales, cargos de confianza, enchufados, enchufadores y demás beneficiarios del generoso maná estatal que no os correspondía:

Pedro y Pablo montaron una moción de censura para que llegara yo P.S. a Moncloa. Ha llegado el momento de hablaros con la sinceridad que nunca me atreví a usar mientras el BOE seguía siendo mi espada y mi escudo. Hoy, cuando los jueces aprietan, los sumarios crecen, las encuestas se desploman y hasta mis más devotos empiezan a mirar de reojo, me veo obligado a reflexionar sobre estos años gloriosos en los que intenté —según dicen algunos— desmontar la arquitectura democrática desde dentro, sin tanques, sin ruido, pero con una precisión quirúrgica digna de un cirujano del poder.

Sé que muchos de vosotros me habéis acompañado con fe ciega mientras convertía el decreto‑ley en mi varita mágica, reducía el Parlamento a un atrezo y bloqueaba el Senado cuando se volvía molesto. Sé que aplaudisteis cada tramitación exprés, cada colonización institucional, cada paso en ese “golpe posmoderno” que algunos juristas describen como un intento de sustituir la democracia por mi voluntad personal. Y os lo agradezco. No es fácil defender lo indefendible con tanta disciplina.

También sé que habéis cerrado filas mientras se tejía esa red de protección a la corrupción que, según mis críticos, blindaba a mi familia, a mis colaboradores más cercanos y, por supuesto, a mí mismo. Lo habéis hecho incluso cuando mis contradicciones diarias convertían cada mentira en una verdad provisional y cada rectificación en una nueva doctrina oficial que debíais repetir sin pestañear. Investigaciones judiciales por aquí, sumarios por allá, autos, filtraciones, comparecencias, imputaciones por corrupción que salpicaban a unos y rozaban a otros, y vosotros siempre ahí, firmes, defendiendo lo indefendible. Repetíais que todo era “lawfare”, que la Fiscalía era independiente, que la policía judicial no estaba siendo infiltrada ni condicionada, y que los casos que mencionaban a One o a P.S. eran simples fabulaciones de mis enemigos. Y aun cuando algunos regímenes y organizaciones hostiles a Occidente — responsables de graves violaciones de derechos humanos— celebraban mis decisiones como si fueran victorias propias, vosotros seguíais justificándolo como “política exterior progresista”. Qué admirable capacidad de convicción tenéis, incluso cuando la realidad insiste en llevar la contraria y los tribunales avanzan. Confío en que la Justicia, esa vieja laminadora que tan lentamente avanza, pero tan contundentemente al culpable aplasta, no termine paseando por los caminos de mis compañeros de aventuras motorizadas, ni decida engullirnos con la misma lentitud implacable de un rodillo que, tarde o temprano, acaba pasando por encima de todos los delincuentes.

No puedo olvidar tampoco mi giro geopolítico, ese desplazamiento que algunos interpretaron —con bastante mala leche, lo admito— como un distanciamiento calculado de Estados Unidos y un acercamiento entusiasta a China. Qué queréis que os diga: cuando uno empieza a quedarse sin aire dentro, busca oxígeno fuera, aunque ese “fuera” sea un régimen que no destaca precisamente por su amor a la transparencia, la democracia o los derechos humanos. Y si Washington frunce el ceño, siempre queda Pekín, tan paciente, tan pragmático, tan dispuesto a recibir a líderes en apuros sin hacer preguntas incómodas sobre sumarios, imputaciones o escándalos domésticos. Las invitaciones del presidente chino llegaron con una calidez que ni yo esperaba, y con una puesta en escena que algunos atribuyen a la mano organizadora de ZP, siempre encantado de ejercer de maestro de ceremonias en cualquier foto que huela a geopolítica alternativa. Llamadlo supervivencia estratégica, diplomacia creativa o simple búsqueda desesperada de aliados; yo lo llamo, sencillamente, diplomacia creativa, (aferrarse a quien no exige explicaciones).

En cuanto a mi perspectiva jurídica, admito que la sombra se ha alargado más de lo que esperaba. Yo no estoy imputado —todavía—, pero mis familiares, mis colaboradores de máxima confianza y mis compañeros de aventuras motorizadas han demostrado una creatividad económica que ha despertado el interés de jueces, fiscales, policías, periodistas y hasta de algún votante despistado. Algunos ya visitan tribunales; otros frecuentan comisiones de investigación; y unos cuantos más, y yo mismo, miramos el horizonte con la misma serenidad que una liebre ante una cuadrilla de cazadores.

Sé que muchos de vosotros me defendisteis incluso cuando instrumentalicé la visita del Papa, aferrándome a él como un náufrago a una tabla, intentando blanquear mi imagen mientras los sumarios se acumulaban. Qué gran acto de fe por vuestra parte. Qué capacidad para llamar “gesto histórico” a lo que otros llaman “parasitismo político”.

Y ahora, cuando algunos me describen como un presidente zombi, agotado, sin proyecto, sin autoridad moral, sostenido únicamente por la maquinaria institucional que he colonizado, debo reconocer que quizá tengan algo de razón. No gobierné: resistí. No lideré: aguanté. No construí: ocupé. Y aunque mi “golpe posmoderno” no llegó a triunfar —gracias a jueces, policías y a la tozudez del Estado de Derecho—, el daño, dicen, ya está hecho.

Por eso hoy, queridos fieles, he decidido devolveros la palabra. No porque crea que tenéis derecho a ella —ya sabéis lo incómodos que resultan esos detalles en una autocracia ilustrada—, sino porque la alternativa empieza a parecerme menos atractiva. Las urnas, al menos, no instruyen diligencias.

Me retiro, pues, no derrotado, sino tácticamente replegado.
No arrepentido, sino prudentemente preocupado.
No por España, cuya resistencia ha sido admirable, sino por lo que pueda ocurrir cuando la música deje de sonar y las luces se enciendan.

Confío en que la Historia recuerde mis discursos y olvide mis hechos.
Confío en que la Justicia siga avanzando tan lentamente como siempre.
Y confío, sobre todo, en que vosotros sigáis esperando la siguiente versión oficial.

Con gratitud eterna, afecto institucional y memoria selectiva,

P.S.

Aspirante a rey que fue autócrata por ocho años.

Conde de la Rectificación Permanente.

Marqués de la Verdad Cambiante.

Duque de la Resiliencia Infinita.

Señor de los Decretos Urgentes.

Custodio de la Banda del Peugeot.

Curador de la Memoria Selectiva.

Coleccionista de Aplausos Inconfesables.

Convidado Permanente en la Mesa de los Autócratas.

Y Aspirante Honorario al Trono Vitalicio de la Moncloa.


Este texto es una obra de ficción satírica. Cualquier parecido con personas reales es una parodia literaria basada en opiniones y críticas públicas.”